viernes, 9 de diciembre de 2011
Viajeros infinitos
Los paisajes corrían fugazmente. Árboles, casas solitarias que se unían formando pequeños pueblos, otras se unían formando ciudades, pero, al final, volvían esas casas solitarias, con su porche, el coche aparcado, el campito rodeando la casa... y un árbol. ¿Por qué todas tendrían un árbol? Recordé que de pequeña también yo dibujaba eso: La familia con su casa, y al lado de esta, un árbol. Puede que todos esas imágenes no fuesen más que dibujos de un niño, un niño que es capaz de imaginar el mundo tal y como es.
A lo lejos, un río. Podía verse el agua centelleando bajo el sol, desprendiendo la inmensa capa de colores que posee el universo. Reflejaba todo aquello que nunca habíamos visto. Que nunca veremos.
Pasamos por otra ciudad. Y otra. Y otra.
El tren no se detenía. Quería bajar, conocer cada una de esas regiones. Charlar con toda aquella gente que veía desde mi ventana, pero no podía. Me imaginaba sus vidas. Veía a esa chica montando en bici, al panadero abriendo su tienda, la discoteca cerrando. Veía madres e hijos jugando juntos en el parque. Hombres estresados. Mujeres tristes. Veía problemas y desolación, injusticia, rencor. Veía maldad, pero no podía hacer nada. Me inundaba la ira, la incomprensión. La impotencia.
Agotada, me recosté en mi asiento y lloré. LLoré como nunca antes había llorado. Cada lágrima que caía pertenecía a un sentimiento diferente, pero al final todas morían más allá de mi rostro. Se suicidaban. Quizá buscaban libertad.
Una mano tocó mi hombro. Sorprendida, me giré. Solo podía ver dos preciosos ojos marrones, que, dulcemente, me consolaban sin saber la razón de mi llanto. Me tendió la mano, tranquilo, sin apartar su mirada de mí. Algo me impulsó, no sabría decir qué fue, pero la tomé confiada, sabiéndome segura allí, en ese mismo instante. Paradógicamente intocable. Ni fría, ni caliente. Solo sincera, real.
Por primera vez en todo el viaje miré el vagón. Estaba lleno de gente como yo, perdidos en un mundo demasiado grande. Algunos ya lo habían comprendido, otros tardarían en hacerlo. Yo acaba de entender que no se puede abarcar el mundo entero, que la vida es corta, finita, y hay que seguir un solo sendero, porque sino te perderás en el bosque. De nada vale observar el mundo de fuera, lejano y lleno de nuevas sensaciones, nuevas experiencias, si no sabes vivir tu propio mundo. Y ahí estaba el mío, mi mundo, en ese vagón. Comencé a reconocer una a una las caras de todos aquellos pasajeros que había ignorado durante el trayecto, todas esos rasgos que simplemente había olvidado.
Sonreí, sonreí viendo la felicidad desde dentro de ese tren, aún conociendo la desdicha que nos esperaba fuera.
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You better hope, you´re not alone ;)
ResponderEliminarhttp://www.youtube.com/watch?v=5ocHBIWHhW8&feature=fvst