domingo, 25 de diciembre de 2011

Quizá ese día haya llegado


Podría darte tanto si tuviera tiempo
podría darte todo o darte nada en este momento
podría darte un beso, o dos, o tres.
podría darte mil y ninguno.

Si tú quisieras.
podría abrazarte,
acurrucarme en tu pecho
                                            y llorar.
Podría hacerte reir sin medida,
desencajar tu mandibula
con el sonido de mi alegría.
                 La que tú me das.

Si me dejases,
te daría tanto si me dejases…
Quizá, un día,
podría incluso amarte.

martes, 20 de diciembre de 2011

I will miss you...


Es uno de esos días en que la mínima tontería te puede hacer sentir increíblemente bien o destrozarte completamente. Puedes reír toda la mañana, para después pasar la tarde vagabundeando por la ciudad, sin saber a dónde ir, esperando esa llamada que jamás llegará...
Quizá es un día que debería ser feliz, un día en que todo debería ir bien, en que podría vivir cada minuto al máximo, explotar el jugo de cada segundo. Pero parece que hay algo a punto de explotar. Parece que ese sentimiento de dolor que había reprimido tiene ganas de salir, y yo no quiero dejarlo ir. Ni quiero ver cómo se va. No quiero si quiera que se desvanezca. Supongo que si sigue viviendo siempre dentro de mí, si no se empieza a superar, es como si no hubiese pasado del todo. Como si pudiera vivir en una eterna espera...
Sí, es uno de esos días en que vives cada minuto al máximo. Claramente lo es. Pero no todo lo que se vive es bueno. Hay días mejores, y días peores.
Hoy llueve, y no hay mejor sensación que la de dejarse empapar por cada una de sus gotas.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Diciembre





Diciembre



Si un día rompo a cantar,
todo cantará conmigo.

Esta mudez de los campos
se rasgará con mi grito.

Las nubes vagan sin prisa
desnudándome el camino.

¡Qué desolado horizonte
en este mes de los fríos!

Hay un revuelo de escarcha
sobre los jóvenes pinos.

Diciembre levanta un cáliz
de pájaros en exilio.

Yo dormida, voy soñando
dulces lares encendidos...





-Susana March-

domingo, 11 de diciembre de 2011

Al final... solo observar

Sentada en un bar,
preguntando qué, cómo, cuándo,
por qué.
Sentada en un bar
observando y siendo observada.
Solo cambia el tiempo
y es el tiempo quien lo cambia todo.
Buscar la felicidad durante toda tu vida,
para descubrir que es ella quien te perseguía en las noches oscuras,
ruido de tacones que aumentan su ritmo cuando corres.
No son los tuyos. Es ella.
Quieres dejar de escapar,
no sabes cómo,
nadie te enseñó.
Así que en su lugar, saltas;
Ya no hay ruido de tacones,
ni noches oscuras,
ni felicidad.
Saltaste demasiado pronto,
demasiado lejos.
Puede que estés volando unos segundos,
mientras el mundo te observa,
mientras observas el mundo.
Puedes intentar que esos instantes te llenen el resto de tu vida,
pero son efímeros y la vida no.
Llenar la vida de detalles,
llenar los detalles de vida.
Diferentes maneras de sentir.
Diferentes maneras de seguir.
Al final,
todos observamos al de al lado
en busca de respuestas,
pero no sirven de nada
porque él nos observa también
en busca de calor.
Mejores son las noches oscuras en un bar,
que los días tibios viendo el mar.
Y al final,
el ruido de los tacones volverá.
Gírate, aún no es tarde,
todo volvió a empezar.
Gírate despacio,
despidiéndote de la soledad.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Calma


Seguía ahí. No lo había soñado. No había sido un juego de su imaginación. Podía escuchar su respiración, tranquila, acompasada, profunda. Durante unos minutos no hizo nada más que observarle. Recorrió una a una cada parte de su rostro, fijándose en aquellos pequeños detalles nunca vistos hasta ahora. Sus pupilas juguetonas correteaban de un lado a otro, sin saber dónde pararse a reposar, ansiosas por conocer más y más a fondo cada rasgo. Por un momento se quedó absorta, perdida en sus labios. No había nada más. Sin siquiera pensarlo le besó. Suavemente. Intentando extraer de aquel beso toda aquella poesía que desprendía, toda la calma que emanaba en sus suspiros.
Notó como su mano se aferraba a su cintura. Tierna pero firme. Ligera y decidida. Sintió cada uno de sus dedos acariciándola, suavemente, como si fuese un tesoro precioso que podía romperse en cualquier momento.
Y en ese momento, abrió los ojos, dejándola sumergirse en un paraíso perdido, dejándola volar más allá de lo permitido. Ya nada más importaba. Por unos instantes, el mundo era perfecto. Ya habría tiempo de volver a la realidad. Era el momento de soñar, de vivir, y ellos acababan de empezar a hacerlo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Viajeros infinitos


Los paisajes corrían fugazmente. Árboles, casas solitarias que se unían formando pequeños pueblos, otras se unían formando ciudades, pero, al final, volvían esas casas solitarias, con su porche, el coche aparcado, el campito rodeando la casa... y un árbol. ¿Por qué todas tendrían un árbol? Recordé que de pequeña también yo dibujaba eso: La familia con su casa, y al lado de esta, un árbol. Puede que todos esas imágenes no fuesen más que dibujos de un niño, un niño que es capaz de imaginar el mundo tal y como es.
A lo lejos, un río. Podía verse el agua centelleando bajo el sol, desprendiendo la inmensa capa de colores que posee el universo. Reflejaba todo aquello que nunca habíamos visto. Que nunca veremos.
Pasamos por otra ciudad. Y otra. Y otra.
El tren no se detenía. Quería bajar, conocer cada una de esas regiones. Charlar con toda aquella gente que veía desde mi ventana, pero no podía. Me imaginaba sus vidas. Veía a esa chica montando en bici, al panadero abriendo su tienda, la discoteca cerrando. Veía madres e hijos jugando juntos en el parque. Hombres estresados. Mujeres tristes. Veía problemas y desolación, injusticia, rencor. Veía maldad, pero no podía hacer nada. Me inundaba la ira, la incomprensión. La impotencia.
Agotada, me recosté en mi asiento y lloré. LLoré como nunca antes había llorado. Cada lágrima que caía pertenecía a un sentimiento diferente, pero al final todas morían más allá de mi rostro. Se suicidaban. Quizá buscaban libertad.
Una mano tocó mi hombro. Sorprendida, me giré. Solo podía ver dos preciosos ojos marrones, que, dulcemente, me consolaban sin saber la razón de mi llanto. Me tendió la mano, tranquilo, sin apartar su mirada de mí. Algo me impulsó, no sabría decir qué fue, pero la tomé confiada, sabiéndome segura allí, en ese mismo instante. Paradógicamente intocable. Ni fría, ni caliente. Solo sincera, real.
Por primera vez en todo el viaje miré el vagón. Estaba lleno de gente como yo, perdidos en un mundo demasiado grande. Algunos ya lo habían comprendido, otros tardarían en hacerlo. Yo acaba de entender que no se puede abarcar el mundo entero, que la vida es corta, finita, y hay que seguir un solo sendero, porque sino te perderás en el bosque. De nada vale observar el mundo de fuera, lejano y lleno de nuevas sensaciones, nuevas experiencias, si no sabes vivir tu propio mundo. Y ahí estaba el mío, mi mundo, en ese vagón. Comencé a reconocer una a una las caras de todos aquellos pasajeros que había ignorado durante el trayecto, todas esos rasgos que simplemente había olvidado.
Sonreí, sonreí viendo la felicidad desde dentro de ese tren, aún conociendo la desdicha que nos esperaba fuera.